"Caso Manfredi": ¿Por qué gasto en redes y nadie me ve?
Escribe: Gustavo Romans
En abril de 2012 Facebook era realidad, Twitter arrancaba e Instagram y TikTok no habían nacido. Los medios tradicionales aún eran fuertes. Ese año, en el Museo de Arte Contemporáneo de Casoria, a las afueras de Nápoles, estaba por ocurrir un suceso importante.
Ante la falta de fondos del museo, su director, Antonio Manfredi, no publicó un comunicado de prensa tradicional que nadie leería. En su lugar, creó un contenido éticamente provocador: anunció que quemaría tres obras de arte por semana hasta que el ministro de cultura enviara los fondos presupuestados.
En la primera conferencia de prensa que convocó, solo había pocos medios locales y Manfredi, en un rincón de Italia, roció con alcohol y prendió fuego una pintura con el consentimiento del artista. La imagen recorrió Italia y el mundo del arte. A la semana (otra conferencia de prensa) hizo lo mismo y los medios vinieron de todo el país y algunos desde países europeos. Otra pintura fue incendiada. Una hora antes de la tercera conferencia de prensa, donde ya había medios de toda Europa y varios del resto del mundo, llamó el ministro de Cultura informando que había liberado los fondos presupuestados para el museo. ¿La lección?: El contenido es el motor, no la cantidad de seguidores.
Este caso es el ejemplo perfecto de por qué la potencia del contenido es superior a la métrica de seguidores. Antonio Manfredi, sin pauta publicitaria y sin redes sociales, no necesitó seguidores para “viralizar”. El contenido fue tan potente que los medios (BBC, Le Monde, New York Times) se convirtieron en distribuidores de su contenido. Así, un pequeño museo local terminó marcando la agenda cultural del continente.
Manfredi demostró que cuando el contenido toca una fibra humana (en este caso, un ataque al arte), no importa lo pequeña que sea la cuenta: el mensaje encontrará su camino. El director sólo necesitó “una idea poderosa” que fuera imposible de ignorar.
En la comunicación política contemporánea ocurre exactamente lo mismo. El microclima político vive obsesionado con la métrica de vanidad: el seguidor, el me gusta del militante propio y pauta digital para inflar videos que nadie termina de ver. Confunden distribución con atención. El caso Manfredi es la tesis de la "comunicación de alto impacto": la narrativa es combustible y la plataforma el viento. Si el candidato no construye mensajes con fuego propio, no importa la inversión en pauta porque la estructura se apaga.
En el territorio digital no se gana por saturación de pantalla, se gana por monopolio de la conversación. El que continúe buscando seguidores en lugar de diseñar narrativas imposibles de ignorar, seguirá financiando a Meta mientras su rival le manejará la agenda desde un celular.

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